El ascensor avanzaba con su típico zumbido elegante, pero Amanda apenas lo registraba. Su mente seguía enganchada al impacto que acababa de recibir en el lobby: un logo dorado e imponente, un nombre que le encogió el estómago y le puso la piel fría.
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No podía ser una coincidencia.
No podía.
Intentó convencerse de que el mundo era grande y los apellidos se repetían, pero la ansiedad no le creía.
La gente entraba y salía con cajas brillantes, portafolios, tabletas, joyas envu