Directo a la boca del lobo.

Las manos de Amanda temblaban sobre el volante.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

El auto llevaba casi dos horas estacionado en el cementerio y, aun así, ella seguía ahí, inmóvil, como si el cuerpo se le hubiera quedado pegado al asiento. No por comodidad, sino por esa clase de miedo que no grita, pero paraliza.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Tenía la respiración corta y el pecho apretado, como si el aire dentro del carro se hubiera vuelto más denso con cada minuto que pasaba.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Desde esa posició
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