No me quedé en la biblioteca.
Lo sé. Sebastián me había dicho que esperara. Y yo, que llevaba meses aprendiendo que sus órdenes de seguridad no eran caprichos sino instinto, debería haberle hecho caso. Pero había algo en el tono de esa llamada, en la forma en que Quiroga había hablado desde el pasillo con esa voz baja y tensa que usaba cuando las noticias no podían esperar, que no me dejó quieta.
Me levanté despacio. Salí al pasillo.
Sebastián y Quiroga estaban al fondo, junto a la puerta del d