Sebastián leyó el mensaje dos veces.
Lo vi en sus ojos. La primera lectura fue rápida, instintiva, de las que el cerebro hace antes de que el cuerpo reaccione. La segunda fue lenta, milímetro a milímetro, como quien busca algo entre las palabras que a simple vista no se ve. Luego bajó el teléfono y se quedó mirando la calle sin decir nada.
—Sebastián.
—Lo he leído.
—¿Qué piensas?
—Pienso que estaba aquí. —Su voz sonó fría, controlada, de esa manera que yo ya sabía que no era calma sino todo lo