Ismael llegó a la mansión a las diez de la mañana.
No lo habíamos llamado. Vino solo, con su maletín de siempre y esa expresión que yo le había visto pocas veces, desencajada, sin el barniz profesional que normalmente lo cubría todo. Quiroga lo hizo pasar al despacho sin decir nada, y Sebastián y yo lo seguimos.
Se sentó frente a nosotros y dejó el maletín sobre la mesa con un golpe seco.
—Ya sé por qué me han llamado —dijo, antes de que nadie abriera la boca.
Sebastián lo miró.
—No te hemos ll