El vuelo se me hizo extrañamente corto.
Quizás porque nunca había volado de noche. Quizás porque el suave balanceo de la avioneta y el brillo del cielo estrellado al otro lado de la ventana me mantuvieron en una especie de duermevela flotante. O quizás porque, por primera vez en días, todos los que quiero estaban a mi alrededor. Y eso, en sí mismo, ya era un bálsamo.
Me giré para mirarlos. Don Ernesto dormitaba en el asiento del copiloto, con su sombrero de fieltro sobre el regazo y la respirac