CAPÍTULO 81: LA LLEGADA

El vuelo se me hizo extrañamente corto.

Quizás porque nunca había volado de noche. Quizás porque el suave balanceo de la avioneta y el brillo del cielo estrellado al otro lado de la ventana me mantuvieron en una especie de duermevela flotante. O quizás porque, por primera vez en días, todos los que quiero estaban a mi alrededor. Y eso, en sí mismo, ya era un bálsamo.

Me giré para mirarlos. Don Ernesto dormitaba en el asiento del copiloto, con su sombrero de fieltro sobre el regazo y la respirac
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