Dos días después de la nota, Sebastián me propuso algo que no esperaba.
—Vamos a la casa de tu abuela.
Estaba sentada en el salón, con un libro sobre el regazo. Levanté la vista y lo encontré apoyado contra el marco de la puerta, con las llaves del coche en la mano.
—¿Ahora?
—Ahora. Llevas dos días encerrada, con miedo. Necesitas aire. Y esa casa lleva demasiado tiempo esperándote.
—Está vacía. No hay muebles. Ni cortinas. Ni recuerdos.
—Pues vamos a llenarla.
Me tendió la mano. La tomé sin pen