Las náuseas me despertaron otra vez.
Esta vez eran más intensas. No un simple revoltijo, sino una oleada que me subía desde el estómago y me obligaba a respirar hondo para no vomitar. Me quedé quieta, con los ojos cerrados, esperando a que pasara. Sebastián dormía a mi lado, ajeno a todo, con el brazo extendido sobre mi cintura. Su respiración era pausada, tranquila. La de un hombre que por fin había encontrado la paz.
Pero mi cuerpo ya no era un lugar tranquilo. Mi cuerpo era un hervidero de h