El domingo amaneció con un cielo gris que parecía tan indeciso como yo. Las nubes se acumulaban sobre los cipreses como algodón sucio, y el viento traía el olor de la tierra mojada que precede a la lluvia. Me quedé unos minutos frente a la ventana, con la taza de té de jengibre que la madre de Sebastián me había preparado, observando cómo el jardín se preparaba para el temporal.
Dentro de mí, el bebé se movía con una suavidad que ya empezaba a reconocer. Pequeños aleteos, burbujas de vida que m