CAPÍTULO 82: LA PROMESA

No sé cuánto tiempo estuvimos allí, abrazados en la terraza.

Solo sé que en algún momento Sebastián me tomó de la mano y me llevó de vuelta a la cama. Me dormí con el rumor del mar como arrullo y su brazo sobre mi cintura. Y cuando desperté, el sol todavía no había salido.

—Levántate —me susurró al oído.

—¿Qué hora es?

—La mejor hora. Ven.

Me puso un hermoso vestido nuevo y me guió descalza por un pasillo todavía en penumbra. La arena estaba fría bajo mis pies cuando salimos del hotel. El cielo
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