No sé cuánto tiempo estuvimos allí, abrazados en la terraza.
Solo sé que en algún momento Sebastián me tomó de la mano y me llevó de vuelta a la cama. Me dormí con el rumor del mar como arrullo y su brazo sobre mi cintura. Y cuando desperté, el sol todavía no había salido.
—Levántate —me susurró al oído.
—¿Qué hora es?
—La mejor hora. Ven.
Me puso un hermoso vestido nuevo y me guió descalza por un pasillo todavía en penumbra. La arena estaba fría bajo mis pies cuando salimos del hotel. El cielo