Las semanas siguientes transcurrieron en una calma tensa que ninguno de nosotros se atrevía a romper.
Las obras de la casa de mi abuela avanzaban a buen ritmo. Ismael nos enviaba fotos casi a diario: el tejado reparado, las contraventanas azules recién pintadas, el jardín de jazmines que empezaba a echar raíces junto al porche. Ver aquellas imágenes me llenaba de una emoción que no sabía cómo expresar. Cada pequeña mejora era un ladrillo más en el hogar que estábamos construyendo, no solo para