Valeria me encontró en la cocina.
Era media mañana y yo estaba preparando un té de jengibre, el único remedio que parecía aplacar un poco las náuseas. Sebastián había salido temprano para reunirse con los albañiles en la casa de mi abuela, y la mansión estaba en calma.
—Hueles a jengibre hasta en el pelo —dijo mi hermana, sentándose en un taburete al otro lado de la encimera.
—Es lo que hay. Al bebé no le gusta el café.
—Pues vaya gusto tiene. El café es lo mejor del mundo.
—Ya aprenderá.
Valer