El sábado transcurrió en una calma extraña. Nadie mencionó el viaje, pero todo el mundo se movía con la precisión silenciosa de quien prepara algo importante. Pasé la mañana leyendo en el salón, la tarde ayudando a Sofía a terminar un dibujo y el resto del día preguntándome qué me esperaba al otro lado de la noche. Y cuando por fin el sol se ocultó y Sebastián me tendió la mano, supe que había llegado el momento.
El porche estaba iluminado por las luces tenues que los guardias habían dejado enc