El día pasó como una cuenta gotas.
Nunca entendí esa expresión hasta aquella jornada. Las horas se estiraban como chicle, cada minuto más lento que el anterior. El reloj del salón parecía haberse confabulado con el universo para torturarme. Miraba las agujas y juraba que no se habían movido desde la última vez que las consulté.
Sebastián intentó distraerme. Me llevó al jardín, me preparó un café con leche y mucha azúcar —como a él le gustaba, como yo había aprendido a disfrutar—, y se sentó con