Los hombres de Quiroga regresaron con las manos vacías.
Otra vez.
—El teléfono público estaba en una cabina de la calle Rosales —informó Quiroga, con la mandíbula tensa—. Cuando mis hombres llegaron, ya no había nadie. Solo el auricular colgando.
—¿Diez calles? —repetí, sin poder creerlo—. Estaba a diez calles de esta casa.
—Y se ha esfumado en menos de tres minutos. Esa mujer sabe lo que hace.
Sebastián se pasó una mano por el pelo. Estaba agotado, lo veía en sus ojos verdes, en la forma en qu