Me puse el vestido azul que mi abuela siempre decía que me favorecía. Era sencillo, de algodón, comprado en una tienda de segunda mano hacía años. Pero para mí valía más que cualquier traje de diseño. Me miré en el espejo y, por un instante, vi sus ojos reflejados en los míos. Esos ojos color miel que me habían enseñado a no rendirme nunca.
—Hoy ganamos —me dije en voz baja—. Por ti, abuela.
Sebastián apareció en la puerta del vestidor. Llevaba un traje gris claro y una flor pequeña en la mano.