El silencio en la mansión era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Llevábamos casi dos horas sentados en el salón, con los teléfonos sobre la mesa de centro y los oídos pegados al teléfono por si Quiroga llamaba. Sebastián estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada fija en el jardín, como si pudiera ver a través de la noche y localizar a Ramiro con solo la fuerza de su voluntad.
Yo estaba en el sofá, con la pierna vendada sobre el reposapiés, pero el dolor f