La llamada de Quiroga llegó quince minutos después de que Ramiro fuera esposado y subido a un coche patrulla.
El teléfono de Sebastián sonó con una vibración corta y seca. Él lo tomó de inmediato, con la mandíbula todavía tensa, y yo me aferré a su mano libre como si fuera un salvavidas. Valeria y Adrián ya habían subido a la habitación de huéspedes para que él se curara el rasguño de la sien, pero el salón seguía cargado de una electricidad que no se disipaba.
—Dime —dijo Sebastián, y su voz e