La mañana amaneció gris, con una niebla baja que envolvía los jardines de la mansión como un secreto. Yo estaba despierta desde las seis, con la pierna vendada apoyada sobre un montón de almohadas, mirando cómo la luz se filtraba a través de las ventanas. Matías seguía dormido en su cuna. Sebastián se había levantado hacía una hora para atender una llamada de Quiroga y no había vuelto a subir. El silencio de la casa era denso, cargado de un cansancio que no era físico, sino del alma.
Agarré las