El teléfono sonó a las once y cuarto de la noche. Una vibración corta, seca, que me hizo pegar un brinco en el sofá. La pierna me dolía, pero ya no me importaba. Mi corazón se había acostumbrado a latir al ritmo de las llamadas de Quiroga.
Sebastián lo tomó antes de que sonara dos veces. Puso el altavoz sobre la mesa de centro. Todos guardamos silencio: Don Ernesto en su silla de ruedas, Valeria en el borde del sofá, Adrián apoyado contra la pared con un vendaje limpio en la sien.
—Quiroga —dij