La luz del amanecer se coló por la ventana como un susurro dorado. No era la luz gris y densa de los días de tormenta. Era una luz limpia, nueva, que dibujaba sombras suaves sobre la cuna de Matías y se extendía hasta la cama donde yo todavía descansaba con la pierna vendada sobre una montaña de almohadas.
Había dormido. De verdad dormido. Sin sobresaltos, sin pesadillas, sin despertarme a cada rumor de la noche. Por primera vez en semanas, mi cuerpo había decidido rendirse al cansancio y no me