Desperté a las tres de la madrugada con una sensación que conocía demasiado bien. No era una intuición. Era la misma alerta que se activaba en el hospital cuando un paciente empezaba a empeorar sin que nadie hubiera notado aún los signos. Me quedé inmóvil unos segundos, escuchando la respiración de Sebastián a mi lado y el silencio de la mansión.
Y entonces lo oí.
Matías lloraba. No era un llanto fuerte, sino un gemido entrecortado, como si le costara respirar. Me incorporé de golpe y encendí l