Ismael llegó a la mansión cuando el sol ya se había ocultado detrás de los cipreses y las sombras empezaban a alargarse sobre la grava del jardín. No llamó antes. Tampoco hacía falta. Cuando apareció en la puerta de la cocina con el maletín en la mano y una expresión que no lograba descifrar, sospeché que algo había cambiado.
La madre de Sebastián lo hizo pasar sin preguntar. Le ofreció café, pero Ismael negó con la cabeza y pidió hablar con nosotros en privado. Subimos al despacho de Sebastián