La fiebre de Matías bajó del todo al mediodía. El termómetro marcó 36.9, y lo leí tres veces antes de atreverme a creerlo. El bebé, que había pasado toda la mañana entre letargo y llanto, volvió a abrir los ojos con esa curiosidad tranquila que tanto me recordaba a Sebastián. No sonreía, pero su mirada ya no era la de un niño enfermo. Era la de un niño que había decidido que aún no era el momento de rendirse.
Llamé al pediatra para confirmar que no necesitábamos acudir a urgencias. Escuchó mi i