El alta hospitalaria llegó cuatro días después de la bajada de la presión.
No fue una liberación con campanas ni aplausos. Fue un trámite silencioso, una enfermera que me entregó los papeles, un doctor Herrera que me estrechó la mano con una sonrisa cautelosa y una advertencia que ya conocía de memoria. "Reposo absoluto. Nada de esfuerzos. Controles cada dos días."
Sebastián guardó los documentos en su chaqueta y me ayudó a levantarme de la cama. Su mano no se separó de la mía mientras recorría