El día amaneció con una luz distinta.
No era la luz grisácea de los días anteriores, cargada de incertidumbre y miedo. Era una luz más clara, más dorada, como si el sol hubiera decidido que ya era hora de volver a mostrarse. Se filtraba por las cortinas y dibujaba líneas cálidas sobre el suelo de linóleo, y por un momento, solo por un momento, el hospital parecía un lugar menos hostil.
El reloj de la habitación marcaba las ocho de la mañana cuando el doctor Herrera entró. Llevaba su bata blanca