La noche se alargó como una herida que no termina de cerrarse.
Las horas en el hospital transcurrieron con esa lentitud exasperante que solo existe en las salas de urgencias. El reloj de pared marcaba las cuatro de la madrugada, pero el tiempo parecía haberse detenido. Yo seguía tumbada en la camilla, con la mano de Sebastián entrelazada a la mía y el corazón latiendo con un ritmo que no lograba calmarse.
La presión en mi espalda no había desaparecido. Seguía allí, instalada como un recordatori