Mundo ficciónIniciar sesiónLos días que siguieron parecieron caminar sobre una cuerda floja. Cada mañana, al despertar, me preguntaba qué versión de Ethan encontraría: el hombre que mantenía las distancias y hablaba solo de negocios y reglas, o el que me miraba como si yo fuera la única cosa real entre tanta riqueza vacía. A veces, durante el desayuno o en el coche, coincidíamos en una mirada y el aire se volvía denso, cargado de cosas que ya no podíamos negar. Otras veces, desaparecía durante horas, encerrado en su estudio o en la oficina, y cuando volvía, traía puesta esa armadura de frialdad que lo hacía parecer intocable. Yo aprendí a leer las señales: la mandíbula apretada, los dedos golpeando suavemente superficies lisas, la forma en que respiraba más lento cuando intentaba contenerse. Eran las fronteras que él mismo dibujaba… y las que ambos seguíamos cruzando sin querer.
Una tarde, bajé al salón principal buscando un libro que había dejado allí, y lo encontré de pie frente a la gran chimenea apagada, sosteniendo una copa sin beberla. La luz del atardecer teñía de dorado oscuro las paredes y su figura, dándole un aspecto casi irreal. Al escucharme entrar, no se giró de golpe, como si ya supiera que era yo. —¿Te necesitan fuera? —preguntó con calma, aunque sin mirarme todavía. —No —respondí, deteniéndome a una distancia prudente—. Solo buscaba algo de leer. Giró entonces lentamente, y sus ojos grises me recorrieron entera, con una lentitud que hizo que me ardiera la piel bajo la ropa. Parecía estar sopesando algo, debatiéndose entre irse o quedarse. Al final, alzó una mano y me hizo un gesto leve para que me acercara. Venir a él se sentía como aceptar caminar hacia un incendio, pero mis pies no dudaron un instante. Cuando me detuve justo a su alcance, el aire se nos mezcló. Olía a madera fina y a esa calma que solo él tenía cuando todo el ruido del mundo se quedaba fuera. —A veces me pregunto si sabes en qué te estás metiendo —dijo, y su voz era baja, como si estuviera confesando algo que no debía—. No soy un hombre sencillo, Lía. Tengo enemigos, deudas que no son de dinero, heridas que no cicatrizan. —Yo tampoco pedí una vida sencilla —respondí, mirándolo fijamente—. Pedí salvar a mi familia. Y me quedé… por otras razones. Sus dedos rozaron mi muñeca, tan suave que casi no lo sentí, pero el contacto envió escalofríos por todo mi cuerpo. Cerró los ojos un instante, como si mi cercanía le doliera y al mismo tiempo fuera lo único que aliviaba el dolor. —Eso es lo que me asusta —murmuró—. Que te quedes por elección. Porque entonces, cuando esto termine… te dolerá más. Y yo no sé si podré arreglártelo. —¿Y si no queremos que termine? —pregunté, y aunque mi corazón latía desbocado, la palabra salió clara y firme. Abrió los ojos entonces, y en ellos vi algo que parecía esperanza mezclada con terror. Acercó una mano a mi rostro, posándola en mi mejilla con una ternura que me hizo querer cerrar los ojos y confiarle todo. Su pulgar acarició mi piel suavemente, trazando líneas invisibles sobre mi pómulo. —No sabes lo que dices —susurró, pero no me apartó. Al contrario, se inclinó poco a poco hasta que su frente tocó la mía—. No tienes idea de cuánto me gustaría creer que es posible. Cuando me besó, no fue urgente ni desesperado. Fue lento, cuidadoso, como si estuviera aprendiéndome de memoria. Sus labios se movieron contra los míos con una dulzura que desarmaba, y cuando sus brazos me rodearon la cintura y me atrajo hacia sí, sentí que encajaba perfectamente contra él, como si hubiera estado esperando este lugar toda mi vida. Me aferré a sus hombros, sintiendo la firmeza de su cuerpo bajo la camisa, y por un momento olvidé el contrato, el tiempo, el mundo exterior. Solo existíamos nosotros: él sosteniéndome como si yo fuera algo precioso y frágil, yo permitiéndome ser sostenida. Nos separamos despacio, con los labios todavía rozándose, recuperando el aliento. Ethan apoyó la suya en mi sien y respiró hondo, como si necesitara guardar este instante dentro de sí para siempre. —Me estás cambiando —dijo muy bajo, casi para sí mismo—. Y no sé si debería dejarte. —Ya lo estás haciendo —respondí, pasando los dedos por su nuca y desordenando levemente su cabello—. Y tampoco te detienes. Se echó a reír suavemente, con un sonido ronco y cálido que rara vez dejaba escapar. Me miró con una expresión llena de algo que ya no podía llamarse solo acuerdo ni conveniencia. —Eres peligrosa, Lía Ferrer —murmuró, besándome la comisura de los labios una vez más—. Entraste aquí buscando un trato y terminaste apoderándote de todo. —No me he apoderado de nada que no me hayas dado tú —respondí. Se quedó callado, mirándome, y pareció aceptar la verdad de mis palabras. Pero entonces, algo en su mirada cambió: esa chispa de duda eterna volvió a aparecer, recordándome que siempre habría un muro entre nosotros que él no sabría cómo derribar del todo. Me soltó lentamente, manteniendo aún las manos sobre mis caderas, pero retrocediendo un poco con la mirada. —Tengo que irme —dijo, aunque no se movió—. Si me quedo aquí contigo mucho más tiempo, no voy a salir nunca más. —Eso no suena a algo malo —respondí. Sonrió con tristeza y negó levemente con la cabeza. —Para mí lo es —dijo suavemente—. Porque ya no sé cómo estar sin ti. Y eso me hace débil. Me dio un último beso, corto y firme, como sellando una promesa, y luego se apartó del todo. Se arregló la ropa con movimientos precisos, recuperando poco a poco esa compostura que parecía su segunda piel. —Nos vemos más tarde —murmuró, sin mirarme bien a los ojos ya, y salió del salón con paso regular, dejándome sola en medio de la habitación, con el corazón latiéndome a mil por hora y la certeza creciendo en el pecho: las fronteras se habían borrado, pero eso no significaba que el camino fuera a ser fácil.






