Mundo ficciónIniciar sesiónLos días siguientes se establecieron en un ritmo extraño, hecho de cercanía y distancia que se alternaban sin previo aviso. Cuando estábamos frente a los demás, éramos la pareja perfecta: él me ofrecía el brazo, sostenía mi mano, me miraba como si yo fuera lo único que valiera la pena mirar. Pero en cuanto la puerta se cerraba tras el último invitado o salíamos del último ascensor, esa conexión se desvanecía, dejándonos de nuevo como dos extraños que compartían un techo y un contrato. Me decía a mí misma que debía agradecerlo, que así era más fácil, que no tenía sentido encariñarse con alguien que había pagado por mi tiempo. Y sin embargo, cada vez que se ponía esa máscara de hielo, sentía como si me quitaran algo que ya era mío.
Una tarde, el cielo se oscureció de golpe y la lluvia empezó a caer con furia, golpeando los ventanales de la mansión como si quisiera entrar. Yo estaba en la biblioteca, sentada junto a la ventana, leyendo un libro que había encontrado en una de las estanterías altas, cuando escuché el sonido de un coche llegando mucho antes de lo habitual. Al levantar la vista, vi entrar a Ethan bajo el porche, sin paraguas, con el traje empapado y la postura tensa como si llevara todo el mundo sobre los hombros. No sabía qué había pasado, pero algo en la forma en que caminaba, sin mirar a nadie y con la mandíbula apretada, me dijo que no era el momento de hacerme la invisible. Cuando entró al vestíbulo, yo ya estaba allí con una toalla seca en las manos y el corazón latiéndome despacio, sin saber muy bien si debía acercarme o apartarme. Se detuvo al verme, con el agua resbalándole por el cabello y cayendo al suelo en pequeños charcos. Sus ojos grises, normalmente tan controlados, parecían revueltos como el cielo de afuera. —¿Qué haces aquí? —preguntó, y su voz sonaba áspera, cansada, pero no había enojo en ella. —Vi que llegaste —respondí, acercándome un paso y ofreciéndole la toalla—. Pensé que podrías necesitarla. Me miró la toalla y luego a mí, y por un instante creí que la rechazaría, que me diría que no necesitaba ayuda y que me fuera a mi habitación. Pero al final soltó un suspiro pesado y tomó la tela, pasándosela por la cara y el cabello con movimientos bruscos, como si quisiera borrarse a sí mismo. —Hubo problemas en la construcción del nuevo complejo —explicó sin mirarme, como si le costara confesar que algo le costaba trabajo—. Fallaron los cimientos. Hay que rehacer todo. Perdemos meses y millones. Y todos quieren que lo arregle yo solo. —Eres solo una persona, Ethan —dije suavemente, sin querer sonar como si le estuviera dando una lección—. No puedes cargar con todo. Se giró hacia mí entonces, apoyando una cadera contra el muro, y me miró con una media sonrisa triste que rara vez dejaba ver. —¿Tú crees? —preguntó—. Desde que tengo memoria, si yo no lo hago, no se hace. Si yo no estoy firme, todo se cae. No sé ser de otra manera, Lía. Si bajo la guardia un segundo… me hundo. Me acerqué más, sin pensarlo mucho, y antes de que pudiera arrepentirme, puse una mano sobre su pecho, justo sobre el corazón que latía rápido bajo la camisa mojada. Se quedó inmóvil al contacto, y sus ojos se clavaron en los míos, siguiendo cada respiración mía. —No te vas a hundir —susurré—. Ahora tienes a alguien que te sostiene. Aunque sea… por contrato. Las últimas palabras salieron con un poco de temblor, temiendo que se riera o me apartara. Pero no lo hizo. Se inclinó hacia mí lentamente, con una precaución que me hizo sentir frágil y valiosa a la vez, hasta que su frente tocó el mío. Cerró los ojos y soltó el aire que parecía haber retenido durante horas, y por primera vez en mucho tiempo, se dejó estar. —Dios sabe que quiero creerte —murmuró contra mis labios, tan bajo que casi no lo escuché. El aire se nos mezclaba, y yo sentía el calor de su piel aunque apenas nos tocábamos. Sus manos se posaron suavemente en mi cintura, sin apretar, solo para tenerme cerca, y cuando abrió los ojos, su mirada había cambiado: ya no era fría ni distante, estaba llena de algo que me hacía olvidar cómo respirar. —No debería hacer esto —dijo, pero no se apartó. Al contrario, sus pulgares trazaron círculos pequeños sobre mi cintura, enviando escalofríos por toda mi espalda. —¿Por qué? —pregunté, con la voz perdida entre la lluvia y el silencio—. ¿Por qué no? Se acercó un milímetro más, suficiente para que su nariz rozara la mía, y sentí el roce ligero de su respiración en mis labios. —Porque si empiezo —susurró, mirándome fijamente a los ojos—, no sé si voy a poder parar. Y entonces me besó. Fue un beso lento, profundo, como si estuviera probando algo que le estaba prohibido, temiendo que fuera una ilusión y aferrándose a la realidad al mismo tiempo. No era un roce apresurado ni un impulso sin sentido; era como si estuviera poniendo orden en todo lo que había estado pasando entre nosotros durante semanas. Cuando sus manos subieron a acunar mi rostro, yo agarré su camisa mojada entre mis dedos y me acerqué más, olvidando las reglas, el contrato, el tiempo que nos quedaba. Todo lo que existía era él: su sabor, su calor, la forma en que me sostenía como si temiera que me desvaneciera. Cuando nos separamos, seguíamos muy cerca, con las frentes juntas y los ojos entrecerrados, recuperando el aliento. Ethan me miró con una intensidad que me desarmó por completo, y luego besó mi frente con una ternura que me dolió en el alma. —Esto no debería haber pasado —dijo, aunque no sonaba convencido ni mucho menos arrepentido. —Ya pasó —respondí yo, pasándole una mano por el cuello, sintiendo cómo se le erizaba la piel al contacto. Me sostuvo la mirada un instante más, luchando consigo mismo, hasta que pareció tomar una decisión difícil. Besó la comisura de mis labios una última vez, corta y suave, y luego se apartó despacio, dejando el vacío entre nosotros. —Mañana seguimos —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Ahora necesito cambiarme. Dio un paso hacia la escalera, se detuvo sin girarse y añadió con la voz más firme: —Descansa, Lía. Lo vi marcharse, subir los peldaños lentamente y desaparecer por el pasillo superior, y me quedé sola en el vestíbulo, con los labios todavía ardiendo y la certeza creciendo en el pecho: la regla más importante del contrato se había roto. Y no tenía idea de cómo íbamos a arreglarlo… o si realmente queríamos hacerlo.






