Mundo ficciónIniciar sesiónEl coche negro se detuvo frente a la mansión y, al mirar hacia arriba, sentí que no entraba en aquel lugar. Era inmensa, de piedra gris y ventanales enormes que brillaban bajo la luz del atardecer como si guardaran secretos en cada reflejo. No parecía un hogar: parecía un palacio construido para aislarse del mundo. Y yo acababa de firmar para vivir en él.
El chofer abrió la puerta y bajé despacio, abrazando mi única maleta, pequeña y desgastada, que parecía aún más fuera de lugar sobre el empedrado reluciente. Ethan salió del otro lado sin mirarme, caminando hacia la escalinata con paso firme y seguro, como si el suelo le perteneciera. Tuve que apresurarme para seguirlo. —Tus habitaciones están en el segundo piso —me dijo al entrar, sin detenerse—. El ala oeste. No entrarás en mi estudio sin permiso. Si necesitas algo, avisas al servicio. No haces preguntas innecesarias y no apareces donde no te llaman. Sus palabras caían una a una, frías y claras, como si estuviera dictando las reglas de una prisión. Me quedé en el vestíbulo, escuchando el eco de sus pasos, sintiendo de golpe la inmensidad vacía de todo aquello. Su casa era perfecta: muebles caros, cuadros famosos, alfombras que ahogaban cualquier ruido… pero no tenía calor. En ninguna parte se sentía que alguien viviera de verdad. Una empleada me guió hasta el lugar que sería mi refugio durante los próximos doce meses. Era una habitación hermosa, con una cama grande, cortinas pesadas y un baño que parecía más amplio que toda mi casa. Sin embargo, al cerrar la puerta, sentí un nudo en la garganta. Todo era nuevo, limpio y ajeno. Nada me pertenecía. Ni siquiera yo misma, por un tiempo. Me senté en el borde de la cama y miré alrededor. Solo un año, me repetí, como si fuera un conjuro. Luego todo vuelve a ser como antes. Pero mientras deshacía mi ropa, me di cuenta de que nada volvería a ser igual. Yo ya había cruzado la línea. Pasaron dos días sin verlo. Sabía que estaba ahí: oía el motor de su coche al llegar, voces bajas hablando por el teléfono, puertas que se abrían y cerraban. Pero nunca coincidíamos. Empecé a preguntarme si realmente le importaba que estuviera ahí o si yo era solo un papel más archivado en un cajón. Hasta la tercera noche. Bajé a buscar un vaso de agua, con la luz apagada del pasillo, pensando que nadie andaba despierto. Al llegar al gran salón, lo vi. Estaba de espaldas a mí, junto a la ventana, con una copa en la mano, mirando hacia la oscuridad del jardín. Por un instante parecía menos el dueño de todo y más… solo. Al girarse y verme, no se sorprendió. Sus ojos grises me recorrieron rápido, desde los pies hasta el rostro, y esa sensación de ser pesada y examinada volvió a tocarme. —¿No duermes? —preguntó, y su voz no sonaba fría como siempre, sino cansada. —No tenía sueño —respondí, sin moverme del sitio—. Perdón si molesté. —No te fuiste invitada —dijo él, acercándose lentamente—. Eres mi esposa. Aunque sea de papel, estás aquí por una razón. Deberías recordar dónde estás. Se detuvo a poca distancia, y el aire se volvió denso. Su perfume, esa mezcla de madera y ámbar, me envolvió igual que la primera vez. Yo sostuve su mirada, aunque el corazón me latía fuerte. —Recuerdo perfectamente dónde estoy —respondí con calma—. Y recuerdo el trato. No pienso cruzar tus reglas si tú no cruzas las mías. Una media sonrisa apareció en sus labios, sin llegar a los ojos. —¿Tienes reglas tú, Lía? —preguntó, bajando un poco la voz. —Sí —afirmé sin dudar—. Respeto. Me miró largo rato, como si estuviera intentando leer algo escrito detrás de mis ojos. Luego asintió despacio, sin perder la distancia. —Veremos —murmuró—. Veremos cuánto duran tus reglas aquí. Dicho esto, pasó a mi lado, lo suficientemente cerca como para sentir el calor de su cuerpo, y subió las escaleras sin volver la vista. Me quedé sola en la penumbra del salón, con el vaso en la mano y la certeza de que aquella paz que creí encontrar… apenas había empezado a desaparecer.






