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CAPÍTULO 7 — El silencio después de la lluvia

A la mañana siguiente, el mundo parecía haber recuperado su calma. La lluvia había cesado, dejando tras de sí un aire fresco y limpio que entraba por las ventanas abiertas, pero dentro de la mansión reinaba un silencio tenso, cargado de cosas que no se atrevían a decirse. Me desperté con la sensación de que el beso de la víspera había sido solo un sueño, un producto de la tormenta y de la fatiga. Pero al tocarme los labios, todavía sentía el rastro de su calor, y entonces supe que todo había sido real. Mucho más real que cualquier papel firmado o cualquier regla que hubiéramos prometido cumplir.

Bajé a desayunar con el corazón latiéndome desbocado, sin saber qué encontrarme. ¿Me miraría a los ojos? ¿Fingiría que nada había ocurrido? ¿Me diría que cometimos un error y que no debía volver a pasar? Al entrar al comedor, lo vi allí, sentado a la cabecera como siempre, con el periódico en una mano y la taza de café en la otra. Al levantar la vista hacia mí, no sonrió, pero tampoco se mostró indiferente. Solo me miró unos segundos más de lo necesario, como si estuviera memorizando mi rostro, y luego asintió levemente hacia la silla que tenía a su lado.

—Buenos días —dijo, y su voz sonaba normal, aunque había una cualidad contenida en ella que no supe descifrar.

—Buenos días —respondí, tomando asiento con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper la frágil paz que habíamos recuperado.

El desayuno transcurrió entre frases breves y pausas largas que parecían estirarse sin fin. Intenté concentrarme en mi plato, pero cada vez que él se movía, cada vez que sus mangas se deslizaban al levantar la taza, mi atención se iba hacia él. Sabía que él también sentía esa tensión; podía notarlo en la forma en que mantenía la espalda rígida, en cómo apretaba el puño sobre la mesa cuando creía que yo no miraba.

—Tengo que salir un rato —anunció al terminar, limpiándose la boca con una servilleta con movimientos precisos y cuidadosos—. No sé a qué hora volveré. No me esperes despierta.

Se puso de pie y se encaminó hacia la salida, pero se detuvo en el umbral y se giró hacia mí, con la mano apoyada en el marco de la puerta. Por un instante pensé que diría algo más, que mencionaría lo ocurrido, que explicaría o pediría perdón. Pero simplemente me recorrió con la mirada, desde el rostro hasta las manos que tenía entrelazadas sobre el regazo, y luego bajó la vista.

—Cuídate, Lía —murmuró, y salió antes de que yo pudiera responder.

Pasé el resto de la mañana recorriendo la casa sin rumbo, aburrida y al mismo tiempo incapaz de concentrarme en nada. Me sentía atrapada entre dos extremos: querer que volviera para aclarar las cosas, y temer que volviera para decirme que lo de ayer había sido un error. Hacia el mediodía, decidí ir al jardín, necesitando respirar aire que no estuviera cargado de su presencia. Caminé entre los senderos de piedra, sintiendo la humedad de la hierba bajo mis zapatos, intentando encontrar en la calma exterior algo de la tranquilidad que no tenía por dentro.

No supe cuánto tiempo pasé allí, perdida en mis pensamientos, hasta que escuché el sonido de un coche entrando por la avenida principal. Me enderecé de golpe, con el corazón dando un vuelco, esperando ver aparecer a Ethan. Pero el vehículo era diferente, más pequeño y antiguo, y cuando se detuvo frente a la escalinata, quien bajó no era él, sino una mujer.

Se quedó mirando la casa con una expresión de desdén que no intentaba ocultar, y luego sus ojos se posaron en mí, que permanecía en la distancia observando. Al ver que no me movía, empezó a caminar hacia mí con paso decidido y la barbilla levantada. Era alta, elegante y tenía una belleza llamativa, fría y cortante. Cuando se detuvo a unos pasos de mí, me examinó de arriba abajo como si yo fuera un objeto fuera de lugar.

—Tú debes ser la chica nueva —dijo, con una voz suave que sin embargo tenía un filo helado—. La esposa.

—Soy Lía —respondí sin retroceder—. ¿Y usted quién es?

Una sonrisa sin humor curvó sus labios.

—Soy la persona que debería estar en tu lugar —respondió con tranquilidad, como si estuviera diciendo algo obvio—. Mi nombre es Elena. Conozco a Ethan desde que éramos niños. Sabía que llegaría este momento, que tendría que buscar a alguien… conveniente. Pero sinceramente, pensé que elegiría a alguien con un poco más de presencia.

Sentí el calor subirme al rostro, pero me obligué a mantener la calma. Sabía lo que era este tipo de personas; querían ver que te afectara para sentirse superiores.

—Ethan ya eligió —dije con firmeza—. Y me eligió a mí. Así que si tienes algo que reclamar, se lo dices a él. No a mí.

Su sonrisa desapareció por un instante, pero se recuperó rápido, acercándose un paso más hasta que su perfume intenso y dulce me invadió.

—Crees que ganaste, ¿verdad? —susurró—. Crees que porque te puso un anillo y te metió en esta jaula de oro ya tienes algo. Pero no conoces a ese hombre, Lía. No sabes lo que esconde. Cuando se canse de ti —y se cansará, porque siempre se cansa—, no te darás cuenta de cómo te quedas afuera mirando. Y entonces vendrás a entender que él nunca le pertenece a nadie.

—¿Te lo dijo él? —pregunté, sosteniéndole la mirada—. ¿O es algo que te imaginas?

Sus ojos se entrecerraron, pero antes de que pudiera responder, escuché el sonido de un motor acercándose a gran velocidad. Ambos giramos la cabeza justo cuando el coche negro de Ethan frenaba bruscamente frente a la entrada. Él bajó de un salto, cerró la puerta de un golpe y caminó hacia nosotros con paso rápido y pesado, irradiando una ira silenciosa que me heló la sangre.

Se detuvo entre nosotras, dándome la espalda a mí y quedando cara a cara con ella. Su postura era una barrera infranqueable.

—¿Qué haces aquí, Elena? —preguntó, y su voz sonaba tan baja y peligrosa que apenas parecía suya.

—Quería saludarte —respondió ella, con una suavidad que sonaba fingida—. Ver cómo estaba tu nueva vida. Tu nueva esposa. Parece muy… sencilla.

—No te permito hablar así de ella —dijo él, dando un paso hacia adelante, y ella retrocedió instintivamente—. No te permito que te le acerques ni que le dirijas la palabra. ¿Quedó claro?

—Ethan, no seas así —se quejó ella, intentando tocarle el brazo, pero él se apartó como si le hubiera quemado—. Solo me preocupo por ti. No encaja en este mundo. No es para ti.

—Tú no decides qué es para mí —replicó él con frialdad absoluta—. Ya terminamos hace mucho tiempo. Lo que sea que tengas que decirme, se hace por mi secretaria y con cita previa. Y ahora, vete. Antes de que pida que te acompañen fuera.

Ella se quedó mirándolo, incrédula, esperando que retrocediera, pero él no se movió ni un milímetro. Finalmente, apretó los labios y dio media vuelta, subiendo a su coche y marchándose con un rugido de motor que dejó el jardín más silencioso que antes.

En cuanto desapareció, Ethan se giró hacia mí. Esperaba que me preguntara si estaba bien, o que se disculpara por ella. Pero primero vio mi expresión y luego soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por el cabello.

—¿Te dijo algo? —preguntó, mirándome con intensidad, como si quisiera leer la respuesta en mi piel.

—Muchas cosas —respondí con calma, aunque las manos me temblaban a mis espaldas—. Que me voy a aburrir. Que te cansarás de mí. Que nunca le perteneces a nadie.

Me sostuvo la mirada un buen rato, sin saber muy bien qué decir, hasta que al final se acercó y me tomó las manos entre las suyas, apretándoselas con fuerza, como si quisiera transmitirme seguridad a través del contacto.

—No le creas nada —dijo con voz grave y segura—. No sabe de lo que habla. Y no te voy a dejar sola, Lía. No te voy a dejar caer.

—¿Seguiré estando aquí cuando se acabe el año, Ethan? —pregunté, y la pregunta salió sola, como una necesidad urgente—. ¿O también seré un recuerdo que olvidarás?

Cerró los ojos un instante, como si la pregunta le doliera, y luego los abrió para mirarme fijamente, con una sinceridad que me cortó la respiración.

—Ya no sé cuándo se acaba el año —reconoció en un susurro—. Y eso me asusta más que nada en este mundo.

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