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CAPÍTULO 65 — Sesenta y cinco capítulos, un mismo destino

El sol de la mañana bañaba la ciudad con una luz dorada, como si el mundo celebrara con nosotros cada paso que dábamos. Al despertar, sentí el calor de Ethan a mi lado, y su mano que buscaba la mía, como siempre, como si fuera la primera vez. —Buenos días, mi vida —me susurró, acercándose para besarme—. Sesenta y cinco capítulos… y siento que apenas empieza lo más hermoso. Cada día a tu lado es una página nueva, más brillante que la anterior.

Me abracé a él, sintiendo la paz que solo él me daba. —Sesenta y cinco capítulos de amor, de lucha, de nosotros. Y no cambiaría ninguno. Porque cada uno me enseñó algo valioso: a confiar, a perdonar, a creer que lo imposible se hace posible cuando se ama de verdad.

Ese día, la fundación nos tenía preparada una sorpresa que nos llenó el alma. Las chicas, junto con Valentina, habían pintado un mural entero en la pared principal de la entrada: nosotros cuatro, tomados de la mano, rodeados de flores, de aves que volaban libres, de personas que se abrazaban, y en el centro, en letras grandes y brillantes, la frase que ya era nuestra bandera: "El amor no es un contrato. Es una promesa que se renueva cada día."

—Es perfecto —dije con la voz quebrada, mirando todos esos colores, todas esas manos que se habían unido para crear algo tan hermoso—. Porque eso es lo que somos. No un acuerdo firmado en papel, sino una elección que hacemos cada mañana al despertar.

Ethan me abrazó por la espalda, apoyando su barbilla en mi hombro. —Y la elegiré siempre. Cada mañana, cada tarde, cada momento de mi vida. Te elijo a ti, te elijo a nuestra familia, te elijo a este amor que me transformó por completo. No sé qué nos depara el futuro, pero sé que lo quiero vivir contigo. Siempre.

Los niños, que ya eran jóvenes con sueños claros y corazones grandes, nos dieron un regalo que nos conmovió profundamente. Elena había terminado de escribir su libro, y la edición final, bellamente encuadernada, llevaba una dedicatoria en la primera página: "Para mis padres, que me enseñaron que el amor no es lo que encuentras, sino lo que construyes cada día con la persona que eliges caminar a tu lado." Mateo, por su parte, nos mostró los planos revisados de su escuela comunitaria, ahora con un detalle que nos hizo llorar: en la entrada principal, un arco con dos nombres grabados: Lía y Ethan. —Porque todo empezó con ustedes —dijo con sencillez—. Y todo lo que haga, será llevando su nombre en el corazón.

Mi madre, que nos miraba con ojos llenos de gratitud y paz, nos tomó la mano a los dos aquella noche, cuando todos estábamos reunidos en la sala. —Ustedes no solo se amaron el uno al otro —dijo con voz suave pero firme—. Amaron la vida. Amaron a quienes los rodeaban. Amaron incluso cuando fue difícil, cuando dolió, cuando todo parecía oscuro. Y eso es lo que hace que su amor sea eterno. Porque el amor que se da sin medida, nunca se agota. Se multiplica. Y sigue vivo, mucho después de que nosotros ya no estemos aquí.

Esas palabras se quedaron resonando en mi corazón mucho después de que todos se fueron a descansar. Ethan y yo nos quedamos en la terraza, mirando las estrellas que brillaban sobre la ciudad, sobre nuestra casa, sobre todo lo que habíamos construido. —¿Te imaginas? —me dijo él, rompiendo el silencio—. Hace años, firmamos un contrato que decía un año. Un año de mentiras, de miedos, de dos personas que apenas se conocían. Y ahora, sesenta y cinco capítulos después, tenemos todo. Una familia, un hogar, un propósito, un amor que nada puede tocar. Todo gracias a que no nos rendimos. Gracias a que elegimos creer.

—Todo gracias a que te quedaste —le respondí, mirándolo a los ojos—. Cuando yo quise huir, tú me buscaste. Cuando dudé, tú me sostuviste. Y cuando no supe quién era, tú me enseñaste a verme con tus ojos, con amor, sin condiciones. Y yo te quedé a ti también. Porque vi en ti algo que nadie más había visto: un corazón bueno, herido pero dispuesto a sanar. Y valió la pena esperar. Valió la pena luchar. Valió la pena todo.

—Valiste la pena desde el primer instante en que te vi —susurró él, acercándose hasta que sus labios rozaron los míos—. Y valdrás la pena cada día de mi vida. No importa cuántos capítulos nos queden, no importa qué nos traiga el mañana. Lo único que sé es que quiero escribirlo contigo. Página por página, mano en mano, corazón con corazón. Eres mi principio, mi medio y mi fin. Eres mi todo, Lía. Y siempre lo serás.

Nos besamos entonces, bajo un cielo lleno de estrellas que parecían aplaudirnos, y en ese beso sentí que todo lo que habíamos vivido nos había llevado hasta aquí. No era un final, porque nuestra historia no tenía final. Era solo el comienzo de algo mucho más grande, mucho más hermoso, mucho más eterno. Y mientras siguiéramos eligiéndonos cada día, mientras siguiéramos caminando juntos, de la mano, con el corazón abierto… siempre habría un capítulo nuevo, más hermoso que el anterior. Y eso… eso es lo más hermoso que existe.

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