Mundo ficciónIniciar sesiónEl edificio de Industrias Vane se alzaba en el centro financiero como una torre de cristal y acero, desafiando al cielo y a todos los que se atrevían a mirarlo desde abajo. Al cruzar las puertas automáticas, sentí que entraba en otro mundo: uno donde todo era blanco, brillante y terriblemente silencioso. El suelo de mármol pulido reflejaba las luces del techo, y cada persona que pasaba a nuestro lado caminaba con prisa y la mirada fija hacia adelante, como si detenerse un instante fuera un error imperdonable. Nadie levantaba la vista a menos que fuera estrictamente necesario, y nadie hablaba en voz alta. Todo parecía diseñado para recordarte que allí no se venía a ser humano; se venía a producir.
Ethan caminaba a mi lado con paso firme y decidido, y aunque no me tomaba del brazo, su presencia parecía abrirnos paso entre la gente sin que él tuviera que hacer el menor esfuerzo. Los empleados se enderezaban al verlo, saludaban con respeto contenido y desviaban la mirada tan pronto como él pasaba, como si temieran que su sola atención pudiera cambiar sus vidas para siempre. Yo mantenía el paso, las manos juntas delante de mí y la mirada al frente, intentando no parecer perdida, aunque cada respiración me costaba más que la anterior. —No te pongas rígida —me dijo él sin girar la cabeza, con un tono de voz lo bastante bajo para que solo yo lo escuchara—. Pareces una acusada. Eres la esposa del dueño. Tienes derecho a estar aquí. Más que eso: tienes autoridad. —No me siento con ella —respondí por lo bajo. —Eso porque te faltan costumbres, no motivos —replicó con la misma calma—. Aprende a mirar como si todo esto fuera tuyo. Porque mientras estés a mi lado, lo es. Llegamos a un ascensor privado, separado del flujo principal de gente. Ethan pulsó una tarjeta sobre un lector y las puertas se abrieron de inmediato, amplias y vacías. Al entrar, el espacio pareció reducirse considerablemente. Él se apoyó contra el espejo de la pared y me miró, con las manos en los bolsillos y una expresión que no logré descifrar. —Vamos a la reunión de la junta directiva —explicó—. Solo escucha. Si te preguntan algo, responde con sencillez. No tienes que impresionar a nadie; yo ya me encargué de que sepan quién eres y por qué estás aquí. Nadie se atreverá a faltarte el respeto. Si alguien lo hace, avísame a mí. No intentes arreglarlo tú misma. —¿Por qué estaré yo ahí? —pregunté de repente—. No entiendo de negocios, Ethan. No aporto nada. Esperé que me dijera que era parte del trato, que necesitaban ver que tenía esposa para aprobar ciertos movimientos, cualquier excusa fría y lógica. Pero se limitó a inclinar la cabeza un poco hacia un lado y respondió con una sinceridad inesperada: —Porque quiero que vean que no soy intocable. Que tengo alguien a quien responder. Y porque… —hizo una pausa breve, como si estuviera sopesando si terminar la frase—, te quiero a mi lado. Las puertas se abrieron antes de que pudiera decir nada más, revelando un pasillo alfombrado en tonos oscuros y puertas enormes de madera de nogal. El corazón me latía con fuerza, confundida por esas palabras que no encajaban con las reglas que él mismo había puesto. Entramos a la sala de juntas y el murmullo desapareció por completo. Una docena de hombres y algunas mujeres, todos con trajes impecables y miradas afiladas, se pusieron de pie automáticamente. Ethan se dirigió a la cabecera de la mesa y señaló la silla a su derecha. —Siéntate ahí —me indicó. Durante dos horas, escuché cifras, proyecciones y estrategias que apenas lograba seguir. Veía cómo hablaba: con autoridad, cortante cuando era necesario, paciente solo cuando valía la pena. No pedía permiso; daba explicaciones porque decidía darlas. Y en todo ese tiempo, aunque no me dirigió la palabra más que para ofrecerme agua o confirmar que estaba cómoda, era consciente de cada movimiento mío. Notaba cómo su rodilla, bajo la mesa, se mantenía a milímetros de la mía. Cómo cuando alguien hablaba demasiado bajo o rápido, él me miraba brevemente, como comprobando si seguía bien. Al terminar la reunión, los directivos se despidieron amablemente, con más calidez de la que esperaba, aunque sentía que seguían observándome con curiosidad. Cuando quedamos solos, Ethan soltó un suspiro largo y se pasó una mano por el cabello, desordenándolo un poco, y por primera vez vi en él rastro de cansancio. —¿Qué te pareció? —preguntó, acercándose a la ventana que ocupaba toda una pared y mirando hacia la ciudad extendida a nuestros pies. —Intimidante —respondí con honestidad—. Eres muy distinto ahí. —¿Cómo? —se giró para mirarme. —Más duro —dije, acercándome despacio sin saber muy bien por qué—. Como si tuvieras que protegerte de todo. Como si nadie pudiera ver que también te cansas. Se quedó quieto un instante, y por un segundo pensé que se enfadaría por haber dicho algo que no me correspondía. Pero bajó la mirada y asintió muy despacio. —Si muestras debilidad aquí —explicó con voz grave—, te la arrancan. Aprendí eso demasiado joven. No hay lugar para estar cansado ni para dudar. —¿Y conmigo? —pregunté, y las palabras salieron antes de poder pensarlas bien—. ¿También tienes que protegerte de mí? Se acercó lentamente, reduciendo la distancia entre nosotros hasta que sentí el calor que emanaba su cuerpo. No me tocó, pero el aire se volvió denso, cargado de algo que no era solo tensión. —Contigo —murmuró, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo perder el equilibrio—, el problema es que no sé cómo hacerlo. No sé dónde termina la protección y empieza el miedo. Se quedó así, a punto de decir algo más, cuando la puerta se abrió bruscamente sin previo aviso. Ethan se apartó de mí de inmediato, girándose hacia la entrada con esa frialdad que parecía ponerse y quitarse como una chaqueta. Su secretaria, pálida y nerviosa, se detuvo en el umbral. —Perdón, señor Vane… no sabía que todavía tenía compañía. —¿Qué pasa? —preguntó él, y su voz ya no era la misma de un momento antes. Era el dueño de la empresa, distante y severo. —Llegaron los documentos del banco. Necesitan su firma urgente. —Bien —respondió secamente—. Déjalos ahí. Ya los revisaré. La mujer asintió y desapareció, cerrando la puerta suavemente. El momento se había roto en mil pedazos, y ninguno de los dos intentó recomponerlo. Ethan se giró hacia el escritorio, tomó unos papeles y fingió leerlos, aunque sus dedos apretaban el borde con fuerza. —Te llevo de vuelta —dijo sin mirarme. —No hace falta —respondí, aclarándome la garganta—. Puedo pedir un coche o irme en taxi. Tienes trabajo. Alzó la vista entonces, con una expresión difícil de descifrar. —Te llevo, Lía —repitió, con un tono que no admitía negativas—. Es lo que hago. Bajamos en silencio, y durante todo el camino de regreso a la mansión apenas intercambiamos frases breves. Sabíamos los dos que habíamos cruzado una línea invisible en aquella sala, y que ahora que el terreno era desconocido, ninguno se atrevía a dar el primer paso para seguir avanzando.






