Mundo ficciónIniciar sesiónEl resto de la velada transcurrió entre un murmullo ininterrumpido de presentaciones, cumplidos vacíos y sonrisas que dolían en las mejillas de tanto forzarlas. A cada paso que dábamos, sentía las miradas clavadas en nosotros: curiosas, envidiosas, escépticas. Era como si todos esperaran ver que en cualquier momento yo cometiera un error, que olvidara mi papel y revelara que no era más que una chica sencilla que había aceptado vender su tiempo para salvar a los suyos. Pero Ethan nunca se apartaba demasiado. Su mano permanecía siempre cerca, ya fuera apoyada en mi espalda o sosteniendo la mía sobre su brazo, y por extraño que pareciera, esa presencia constante y silenciosa terminó dándome una seguridad que no sabía que tenía.
Cuando por fin emprendimos el regreso, el silencio dentro del coche se sintió diferente: ya no era tenso y lleno de incertidumbre, sino pesado y cargado de cosas que no se decían. Ethan iba recostado contra el asiento, con los ojos cerrados y la mandíbula aún apretada, como si la paciencia le costara cada gota de esfuerzo. Yo miraba por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se convertían en manchas doradas que se deslizaban sin prisa, y me preguntaba qué pensaba realmente. Si sentía algo al tener que fingir que yo le importaba, o si para él todo esto no era más que una transacción cómoda y bien ejecutada. —Victoria es una vieja conocida —dijo de repente, sin abrir los ojos, como si hubiera escuchado mis pensamientos—. No le des importancia a nada de lo que diga. Le molesta que no le pidan permiso para existir. Me giré un poco hacia él. —No le doy importancia —respondí con sinceridad—. Sé que no le caigo bien. Es lo más normal del mundo. No soy como ella ni como las personas que sueles frecuentar. Abrió los ojos entonces y se giró hacia mí, mirándome con esa intensidad directa que solía ponerme nerviosa, como si pudiera ver a través de mi piel hasta lo más profundo. —¿Y cómo eres tú, Lía? —preguntó con una calma que no encajaba con la fuerza de sus palabras—. ¿Crees que ser diferente es ser menos? —Creo que ser diferente es ser extraña aquí —corregí suavemente—. Y no quiero que te arrepientas de tu elección. Se quedó callado un rato largo, estudiándome el rostro, hasta que el coche redujo la velocidad y se detuvo frente a la escalinata de la mansión. —Elijo las cosas por una razón —murmuró al fin, bajando del vehículo y ofreciéndome la mano como si fuera lo más natural del mundo—. Rara vez me equivoco. Al entrar, la casa pareció más grande y oscura que de costumbre. Las luces se habían apagado en las alas laterales, dejando iluminado solo el camino hacia las escaleras principales. Caminamos juntos en silencio, subiendo peldaño a peldaño, y cuando llegamos al pasillo que separaba nuestras habitaciones, ninguno de los dos se detuvo de inmediato. —Hoy has estado bien —dijo Ethan, girándose hacia mí justo antes de que cada uno tomara su rumbo—. Te has mantenido firme. —Gracias —respondí, sintiendo la necesidad de añadir algo más—. Intento cumplir mi parte. Se acercó un paso más, y el pasillo se volvió pequeño alrededor de nosotros. —Eso es justo lo que me preocupa —susurró, y su voz tenía una cualidad oscura y profunda que me hizo temblar sin saber por qué—. Que cumplas demasiado bien. Se inclinó levemente hacia mí, y por un segundo creí que iba a tocarme el rostro o a acercarse más, pero se detuvo, manteniendo esa distancia mínima que ardía más que cualquier roce. Sus ojos bajaron hasta mis labios y luego volvieron a subir lentamente, atrapándome en esa mirada gris que parecía saber más de mí que yo misma. —Descansa, Lía —dijo con esfuerzo, como si le costara formar las palabras—. Mañana saldremos temprano. Hay cosas que debemos arreglar. Asentí sin poder hablar, con el corazón golpeándome desbocado, y lo vi darse la vuelta y marcharse hacia su ala de la casa, desapareciendo entre las sombras antes de que yo pudiera recuperar el aliento. Me encerré en mi habitación y me apoyé contra la puerta, cerrando los ojos y dejando que el aire frío me calmara la piel. ¿Qué estaba pasando? Esto no estaba en el contrato. Las miradas demasiado largas, las protecciones inesperadas, la forma en que su voz se volvía más suave cuando éramos solo nosotros dos… eran líneas que se estaban cruzando una por una, y yo no sabía si tenía fuerzas para volver atrás o si realmente quería tenerlas. Me deslicé hasta sentarme en el suelo, abrazando mis rodillas, y me dije a mí misma que tenía que tener cuidado. Él era Ethan Vane. El hombre que compraba lo que quería y se aburría cuando lo tenía. Yo era un acuerdo temporal, una solución, no una elección. Y sin embargo, cuando cerraba los ojos, no veía el papel firmado en el despacho. Veía la forma en que me había mirado en el coche, la forma en que me había sostenido el brazo entre tanta gente hostil. A la mañana siguiente, cuando bajé a desayunar, ya no había rastro de esa cercanía. Ethan estaba sentado a la cabecera de la mesa, leyendo correos en su tableta y firmando papeles, vestido con un traje impecable y una expresión impasible que parecía una máscara de hielo. Alcé la vista cuando entré, me saludó con un gesto breve de la cabeza y continuó con lo suyo, como si la noche anterior no hubiera ocurrido nada que valiera la pena mencionar. Me senté en el extremo opuesto, tomando la taza de café con manos que no terminaban de estabilizarse. Me dolió esa frialdad repentina, esa vuelta al inicio sin explicación. Me sentí tonta por haber dado por sentado cosas que él nunca había dicho. —A las nueve tenemos que ir a la empresa —dijo sin levantar la vista—. Te presentaré a los directivos y formalizaré algunos documentos para que tu posición como mi esposa quede registrada también en la estructura del negocio. No tendrás que hacer nada más que estar ahí y escuchar. —Está bien —respondí, llevándome la taza a los labios para ocultar la decepción—. Lo entiendo. Pasaron unos segundos en silencio, solo interrumpidos por el sonido de las hojas al pasar. Entonces él habló de nuevo, más bajo, como si no quisiera que nadie más que yo escuchara. —No te confundas, Lía —dijo, y sus palabras cayeron como granizo sobre la mesa—. Lo de anoche fue solo actuación. Tenemos que parecer cercanos. No significa que lo seamos. Sentí que me quemaba la garganta. —Lo sé —respondí, levantando la barbilla y encontrando por fin sus ojos—. No me confundo. Sé exactamente qué es esto. Me sostuvo la mirada un instante, con una expresión que no logré descifrar, y luego asintió lentamente. —Bien —murmuró, volviendo a su pantalla—. Sigamos entonces. Pero mientras caminábamos hacia el coche más tarde, sentía que algo se había roto y arreglado al mismo tiempo. Él me había puesto un límite. Yo lo había aceptado. Y sin embargo, sabíamos los dos que las líneas que se cruzan rara vez se vuelven a dibujar en el mismo lugar.






