Mundo ficciónIniciar sesiónSus palabras quedaron flotando entre nosotros, pesadas y sinceras, rompiendo por un instante toda la distancia que solía poner entre los dos. Yo quería responder, quería preguntarle qué significaba exactamente, si también sentía que las reglas se nos habían quedado pequeñas… pero en cuanto abrí la boca, ya se había girado. Me soltó las manos despacio, como si le costara dejarme ir, y con la mirada fija en el suelo, se pasó una mano por el cuello con ese gesto de contención que ya empezaba a reconocerle.
—Tengo que ir a la oficina —murmuró, sin levantar la vista—. Ya me retrasé demasiado. Se marchó sin esperar mi respuesta, caminando hacia el coche con paso rápido, como si huir fuera la única forma de no tener que explicar lo que pasaba por su cabeza. Me quedé sola en el jardín, sintiendo cómo el frío empezaba a calar en la ropa, y con el pecho lleno de una mezcla de esperanza y angustia que no sabía cómo calmar. Ya no sé cuándo se acaba el año. La frase me daba vueltas una y otra vez, dulce y peligrosa a la vez. ¿Significaba que quería que no terminara? ¿O simplemente que se había acostumbrado a tenerme cerca y ya no sabía cómo vivir sin eso? El resto del día fue eterno. Intenté ocuparme en cosas sencillas: ordenar mis libros, ayudar a Clara a revisar algunas cuentas de la casa, caminar hasta el invernadero del fondo. Pero cualquier lugar al que iba, cualquier silencio que se hacía, me llevaba de vuelta a sus ojos grises, a la forma en que me había sostenido las manos, a esa confesión que había salido casi sin querer. Cuando anocheció y la casa se llenó de sombras y luces tenues, me di cuenta de que no había mandado ningún mensaje, ni había llamado para avisar si volvería a cenar. Me senté sola en la mesa grande, comiendo apenas lo que había en el plato, sintiendo el vacío de las sillas vacías como un peso más. A las diez ya había perdido la esperanza de verlo llegar esa noche, y me preparaba para subir a mi habitación, cuando escuché el motor del coche. Entró al vestíbulo cansado, con la corbata aflojada y el cabello despeinado, como si se lo hubiera pasado las manos cientos de veces. Al verme allí esperándolo, se detuvo un instante en el pie de la escalera. —¿Me esperabas? —preguntó, con la voz ronca. —No sabía si volverías —respondí, acercándome despacio—. ¿Estás bien? Soltó un suspiro largo y se apoyó contra la barandilla, frotándose la frente con dos dedos. —Sí. Solo… fue un día largo. Tuve que arreglar cosas que ella removió sin sentido. Se hizo una pausa densa. Yo quería preguntarle por qué le había dado tanta importancia, por qué Elena parecía conocer rincones de su vida que yo ni siquiera podía imaginar. Pero tenía miedo de escuchar la respuesta. Al final, el silencio pesó más que la duda. —¿Quieres que te sirva algo? —pregunté suavemente—. Hay cena caliente. Sacudió la cabeza y me miró, con una expresión tan vulnerable que me dolió el corazón. —No tengo hambre —dijo, y luego, tras una pausa breve, añadió—: Quédate un rato conmigo. Aquí. Solo sentados. Nos sentamos en los escalones de la gran escalera, en penumbra, separados por apenas unos centímetros. El suelo era frío y duro, pero no me importó. Era la primera vez que estábamos así, sin papeles que firmar ni gente que engañar, simplemente dos personas cansadas compartiendo el mismo silencio. —¿Te dijo algo más? —preguntó de repente, mirando hacia la oscuridad del vestíbulo. —Que no soy para ti —respondí sin rodeos—. Que no encajo en tu mundo. Esperé que se enfadara o que me dijera que no le haga caso. Pero se quedó callado unos segundos y luego dijo muy bajo: —A veces piensa que tiene razón. Me giré hacia él, con el corazón encogido. —¿Tú también lo crees? Me miró entonces, y en la oscuridad sus ojos brillaban con una claridad que me desarmó. Levantó una mano y me pasó los dedos suavemente por la mandíbula, como si estuviera comprobando que yo seguía ahí. —Creo que mi mundo te romperá si te quedas mucho tiempo —confesó, con una sinceridad que me cortó la respiración—. Creo que yo te romperé. Y eso es lo que más miedo me da. —¿Y si yo no me rompo? —susurré, acercándome sin darme cuenta. Sus dedos se apretaron levemente en mi barbilla, y vi cómo bajaba la mirada hasta mis labios, luchando contra algo dentro de sí mismo. —Eso es lo que me asusta más —murmuró—. Que seas más fuerte que yo. Se inclinó hacia mí lentamente, con una lentitud que me hacía temblar, como si me diera tiempo para apartarme. Pero yo no quería irme. Cuando sus labios rozaron los míos, fue suave y despacio, diferente al beso de la tormenta; este era más incierto, más hambriento de certezas que de sensaciones. Puso una mano en mi nuca y me acercó más, perdiendo poco a poco esa contención que siempre cargaba consigo. Sus labios sabían a café amargo y a algo propio, algo que ya empezaba a reconocer como hogar. Pero justo cuando yo empezaba a olvidar dónde terminaba yo y empezaba él, se apartó. Se quedó con la frente pegada a la mía, respirando entrecortado, sin abrir los ojos. —No debería hacer esto —repitió, como si necesitara decírselo a sí mismo para creerlo. —Lo dices siempre —respondí con la respiración temblorosa—. Y siempre lo haces. Abrió los ojos entonces y me miró con una intensidad que me atrapó por completo. —Porque es más fuerte que yo —admitió, y sonaba casi desesperado—. Tú eres más fuerte que mi voluntad, Lía. Se levantó despacio, me tendió una mano y me ayudó a ponerme de pie. No se marchó de inmediato. Se quedó un momento mirándome, como si estuviera guardando mi imagen en la memoria, y luego, con un suspiro que parecía quitarle un peso de encima, dijo suavemente: —Vete a dormir, pequeña. Mañana seguimos fingiendo. —¿Y esto? —pregunté, señalando con la mirada el espacio entre nosotros, todo lo que habíamos dejado de decir y todo lo que acabábamos de sentir—. ¿También es fingido? Me sostuvo la mirada largo rato, y antes de girarse y marcharse hacia su ala de la casa, respondió con una voz que apenas se escuchaba: —Ojalá lo fuera.






