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CAPÍTULO 3 — La máscara de la esposa

Fui despertada mucho antes de que el sol lograra teñir de claro el cielo, por unos golpes suaves pero decididos en la puerta. Al abrirla, encontré a Clara, ya perfectamente vestida y compuesta, sosteniendo una taza de café humeante y una sonrisa que parecía un poco más nerviosa que de costumbre.

—Perdón por despertarla tan temprano, señorita Lía —susurró al entrar y dejar la taza sobre la mesita de noche—, pero el señor Vane ha mandado preparar todo con antelación. Hoy tienen la cena de gala de la Fundación de Industrias, y es la primera vez que aparecerán juntos como esposos. Quieren que todo esté listo con tiempo suficiente.

Me quedé sentada en la cama un momento, sintiendo cómo el peso de esas palabras se asentaba en mi estómago. La primera vez como esposos. No era solo un título, no era solo un papel firmado entre cuatro paredes: ahora tendríamos que convencer a todo el mundo de que lo que había entre nosotros era real. Tendría que aprender a fingir ser la esposa del hombre más frío y codiciado de la ciudad, sin dejar ver que yo no era más que una pieza comprada para salvar una deuda.

Me levanté despacio, sintiendo el frío del suelo bajo mis pies descalzos, y me acerqué a la ventana. Aún era de noche, pero las luces de la mansión ya se encendían una a una, revelando un movimiento silencioso y apresurado que no existía cuando yo caminaba sola por los pasillos. Todo cambiaba cuando él tenía que mostrarse ante el mundo. Todo se volvía más brillante, más perfecto, más… falso.

Pasaron las horas entre manos suaves sobre mi piel, telas deslizándose por mi cuerpo y peines que deslizaban con cuidado mi cabello. No me atreví a preguntar cuánto costaba el vestido que me pusieron, ni los zapatos, ni el collar pequeño pero pesado que descansaba justo en la base de mi garganta. Sabía que la respuesta me haría sentir aún más pequeña, aún más consciente de que yo no pertenecía a ese mundo de cristal y dinero. Cuando por fin me colocaron frente al espejo, apenas me reconocí.

Llevaba un vestido de satén color marino, de líneas sencillas pero que abrazaba cada curva con elegancia, con un escote suave que no parecía demasiado atrevido pero que me hacía sentir expuesta de todas formas. Mi cabello caía en ondas ordenadas sobre mis hombros, y mi rostro se veía más serio, más maduro, como si la piel misma supiera que tenía que comportarse a la altura de las circunstancias.

—Está preciosa —dijo Clara con sinceridad, y sus palabras, aunque amables, no lograron calmar el temblor que sentía en las manos.

Cuando salí de la habitación y caminé hacia la escalera principal, vi a Ethan esperándome abajo. Estaba de espaldas, mirando hacia la puerta de entrada, con un esmoquin negro tan perfecto que parecía parte de su propia piel. Se veía inmenso, imponente, y cuando escuchó el sonido de mis zapatos sobre el mármol, se giró lentamente.

Sus ojos grises recorrieron todo mi cuerpo, desde el vestido hasta mi rostro, y por un instante se detuvieron en mi mirada sin apartarse. No supe leer lo que había en ellos: no era una admiración cálida, ni tampoco burla. Era algo más profundo, como si estuviera evaluando si yo serviría para lo que necesitaba, como si estuviera comprobando que el dinero había comprado bien su inversión.

—Pasable —dijo al fin, y su voz sonó tranquila, pero había algo tenso en la forma en que mantenía la mandíbula apretada—. Casi pareces una de nosotros.

—Eso espero —respondí, bajando despacio los escalones sin perderle la vista—. Mi trabajo de hoy es convencer, ¿no?

Una media sonrisa apareció en una comisura de sus labios, rápida y sin llegar a calentar su expresión. Extendió un brazo cuando llegué a su altura, y dudé un segundo antes de posar mi mano sobre su antebrazo. A través de la tela sentí el calor de su piel, y la firmeza de sus músculos bajo ella, y tuve que recordarme respirar.

—Exacto —confirmó él, inclinándose un poco hacia mí para que solo yo pudiera escucharlo—. Sonríe, Lía. Mírame cuando hablemos. Y recuerda: eres la señora Vane. Nadie puede hacerte sentir menos, porque ahora perteneces a mí. Si alguien te mira mal, me lo dices. Si alguien te incomoda, te vas. No pides permiso. Eres mi esposa.

Sus palabras debieron haberme hecho sentir protegida, pero en cambio me recordaron con más fuerza la verdad: yo no tenía poder propio. Todo lo que tenía, todo lo que era en ese momento, se lo debía a él. Era suya.

El viaje en el coche fue silencioso. Las luces de la ciudad pasaban borrosas tras las ventanas ahumadas, y yo me esforzaba por mantener la vista hacia adelante, por no dejar que las dudas me tragaran. Ethan no hablaba, pero sentía su presencia con tanta intensidad que parecía llenar todo el espacio vacío entre los asientos. De vez en cuando lo miraba de reojo, y descubría que él ya me estaba mirando, pero apartaba la vista tan rápido que nunca lográbamos cruzar la mirada del todo.

Cuando el coche se detuvo frente al edificio donde se celebraba la gala, el murmullo de la gente llegó hasta nosotros como una ola. Ethan bajó primero y me esperó en la puerta, y cuando mi mano volvió a posarse en su brazo, sentí que empezaba una batalla que no sabía cómo librar.

Cámaras disparaban desde todas partes, luces cegadoras que me obligaban a entrecerrar los ojos, y voces que se mezclaban preguntando cosas que no lograba distinguir. Ethan caminaba con paso firme, sin inmutarse, pero sentí cómo apretaba levemente mi mano contra su costado, como asegurándose de que no me perdiera, o tal vez de que no me escapara.

—No mires las cámaras demasiado —me indicó con voz baja y pareja, sin dejar de sonreír ante la gente—. Mira a quien te habla. Y si no sabes qué decir, sonríe y guarda silencio. El silencio siempre parece más inteligente que las palabras equivocadas.

Entramos al salón principal, y el mundo pareció detenerse un instante. Cientos de personas vestidas con riquezas inimaginables nos miraban llegar, y yo sentía cada mirada como un peso sobre mi piel. Algunas eran curiosas, otras claramente envidiosas, muchas abiertamente escépticas. Todos se preguntaban lo mismo: ¿quién es ella? ¿Qué tiene que no tengamos nosotras?

Ethan me guió entre grupos de personas, presentándome con una seguridad que yo estaba muy lejos de sentir: “Mi esposa, Lía”. Lo decía con tanta naturalidad que a veces, por fracciones de segundo, casi podía creer que era verdad. Cuando me tomaban la mano, yo sonreía y repetía las frases sencillas que había preparado, pero siempre volvía hacia él, buscando su cercanía como si fuera el único punto firme en un suelo que se movía.

Durante un rato funcionó. Nadie gritó que era una impostora, nadie descubrió el contrato guardado en un cajón de su despacho. Hasta que una mujer alta, rubia y de mirada afilada se acercó a nosotros con una copa en la mano y una sonrisa que no llegaba a ser amable.

—Ethan —dijo suavemente, sin dejar de mirarlo a él—. Qué sorpresa. No nos habías dicho que la boda ya se había celebrado.

—No veo por qué tendría que informar de mi vida privada a tus conocidos, Victoria —respondió él con calma, pero su tono se había vuelto un poco más frío—. Te presento a Lía. Mi esposa.

La mujer llamada Victoria giró la mirada hacia mí, recorriéndome lentamente de arriba abajo, como si estuviera buscando el defecto, la costura mal hecha, la mentira.

—Felicidades —me dijo, y su voz sonaba como si estuviera probando algo amargo—. Qué… rápido. Supongo que el amor verdadero no espera, ¿verdad?

Sentí la mano de Ethan sobre la mía, que descansaba en su brazo, apretarse con fuerza. Antes de que yo pudiera decir nada, él dio un paso hacia adelante, colocándose casi delante de mí, y su voz cayó pesada y cortante sobre la otra mujer.

—Exactamente. Y ahora, si nos disculpas, tenemos otras personas que saludar.

Me guió lejos de allí sin esperar respuesta, y cuando nos alejamos lo suficiente, bajó la cabeza hacia mí sin dejar de caminar.

—No te dejes afectar por ella —dijo, y aunque intentaba sonar tranquilo, había una tensión nueva en su voz—. No tiene ningún derecho a juzgarnos.

—No me afecta —respondí, y no era mentira, aunque el pecho me dolía un poco—. Sé lo que somos.

Se detuvo en un rincón más tranquilo y se giró hacia mí. Me miró fijamente, y por un instante pareció querer decir algo más, algo que se quedaba atascado entre sus labios. Pero al final solo alzó una mano y me ajustó suavemente el collar en el cuello, con un cuidado extraño que me dejó sin respiración.

—Bien —murmuró—. Recuerda tu lugar, y ellos aprenderán el suyo. Vamos.

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