CAPÍTULO 10 — Sombras del pasado

La calma que parecíamos haber encontrado se rompió de golpe, como si siempre hubiera estado sostenida por un hilo demasiado fino que estaba destinado a ceder. Todo empezó con una llamada al atardecer, cuando la casa ya se había sumergido en esa luz suave y anaranjada que entraba por los ventanales. Yo estaba sentada en el sofá del salón, leyendo con calma, cuando escuché el tono del teléfono de Ethan sonando en la mesa auxiliar. No le presté atención hasta que lo vi aparecer en la puerta, con el aparato en la mano y una expresión que nunca le había visto: pálida, tensa, como si le hubieran quitado el aire de golpe.

Se quedó quieto unos segundos, mirando la pantalla como si esta le estuviera diciendo algo que no quería escuchar. Luego contestó, pero no habló. Solo escuchaba. Y mientras lo hacía, veía cómo sus nudillos se ponían blancos de tanto apretar el teléfono, cómo la mandíbula le temblaba levemente y cómo se cerraba sobre sí mismo, como si intentara protegerse incluso estando ya solo. Cuando por fin colgó, se quedó con la mirada perdida en el vacío, sin moverse, sin respirar, como si el tiempo se hubiera detenido para él.

Me levanté despacio, sin querer asustarlo, y me acerqué unos pasos.

—¿Ethan? —pregunté suavemente—. ¿Qué ha pasado?

Levantó la vista hacia mí y tardó en reconocerme. Sus ojos grises ya no tenían esa claridad que solían tener; estaban oscurecidos por algo profundo y antiguo, una sombra que parecía haber vuelto para instalarse.

—Tengo que irme —dijo, y su voz sonaba áspera, rota—. Puede que tarde en volver.

—¿A dónde? —pregunté, deteniéndome a su lado cuando él ya se dirigía hacia la puerta—. ¿Puedo ayudarte? Dime qué ocurre.

Se detuvo y me miró, con una lucha visible librándose dentro de él. Quería decirme algo, lo sabía. Pero al final, esa barrera que tan bien construía entre él y el resto del mundo se alzó de nuevo, sólida y fría.

—No es nada que te corresponda —respondió, y aunque intentó que sonara indiferente, se notaba el esfuerzo que le costaba—. Quédate aquí. No salgas.

—No soy una prisionera, Ethan —respondí, sintiendo cómo la confusión empezaba a mezclarse con el dolor—. Soy tu esposa. Sea por papel o por lo que sea, cuando tú te vas así sin explicación, me afecta a mí también.

Cerró los ojos un instante, como si mis palabras le dolieran físicamente. Cuando los abrió, había una distancia nueva entre nosotros, una que no habíamos tenido antes.

—Por favor, Lía —dijo con una calma que asustaba más que el grito más fuerte—. Hazme caso esta vez. Quédate dentro.

Y sin esperar mi respuesta, salió de la casa. Escuché la puerta principal cerrarse con fuerza detrás de él y luego el rugido del motor desapareciendo por la avenida. Me quedé sola en medio del vestíbulo, con el corazón encogido y la sensación de que acababa de perder terreno que con mucho esfuerzo habíamos ganado.

Las horas pasaron lentas y pesadas. Intenté esperar, intenté confiar, pero la inquietud no me dejaba quedarme quieta. Caminaba de una habitación a otra, mirando por las ventanas, preguntándome qué podía ser tan grave como para hacerlo desaparecer así, sin una sola palabra clara. Pensé en Elena, en sus advertencias, en lo que había dicho sobre que nadie conocía realmente lo que él llevaba dentro. Quizás tenía razón. Quizás había partes de él que estaban selladas para siempre y yo nunca tendría la llave.

Cerca de la medianoche, escuché el coche. Corrí hacia la puerta, pero cuando lo vi entrar, el aliento se me quedó atascado en la garganta. Parecía más grande y al mismo tiempo más frágil. Tenía la camisa arrugada, el rostro cansado y, cuando se acercó la luz, vi que tenía una herida pequeña en la comisura del labio.

—¿Qué te ha pasado? —pregunté, acercándome rápidamente e intentando tocarle la cara.

Me detuvo suavemente por la muñeca, sin apretar, pero con firmeza. No apartó mi mano del todo, pero tampoco dejó que llegara a tocarlo.

—Un mal encuentro —respondió evasivo, soltándome y pasando de largo hacia las escaleras—. Ya está arreglado.

—¿Arreglado? —repetí, siguiéndolo—. Llegas así, desapareces toda la noche y me dices que solo es un mal encuentro? ¿Con quién estabas, Ethan? ¿Qué hay en tu pasado que te persigue siempre?

Se giró de golpe hacia mí en el rellano de la escalera, con los ojos encendidos de una furia que no parecía dirigida a mí, sino a todo lo demás.

—Te dije que hay cosas que no necesitas saber —dijo, elevando un poco la voz, pero contenida, como si le costara mantener el control—. Te dije que este mundo tiene sombras y que tú no tienes que pisarlas. ¿Por qué insistes en buscar lo que te hará daño?

—Porque te quiero entender —respondí, con la voz temblorosa pero firme—. Porque no puedo estar a tu lado si tú siempre me mantienes afuera. No puedo amarte a medias, Ethan.

Al decir la palabra, el silencio cayó sobre nosotros como una losa. Su respiración se hizo pesada. Me miró fijamente, como si estuviera esperando que me arrepintiera o que me corrija. Pero no lo hice. Lo sentía demasiado cierto para callarlo.

Entonces, su expresión se endureció de una forma que no había visto nunca. Se volvió rígido, inalcanzable, y cuando habló, cada palabra fue un golpe frío.

—No te pido que me ames —dijo, y su voz no tenía ninguna vacilación—. Eso nunca formó parte del trato.

Sentí que me partían por la mitad. El aire se me escapó de los pulmones y tuve que aferrarme a la barandilla para no caerme. Él vio el efecto que tenían sus palabras, vio cómo me dolían, y por un instante pareció que iba a arrepentirse. Pero tragó saliva, se tragó también su propio arrepentimiento, y continuó con esa crueldad tranquila que parecía costarle mucho más a él que a mí.

—Te compré un año, Lía —dijo lentamente—. Nada más. No te confundas pensando que lo que hay aquí es algo más. No lo es.

—¿Y los besos? —alcancé a preguntar, con lágrimas que me quemaban los ojos y que me negaba a dejar caer—. ¿Y todo lo que dijiste? ¿También eso era parte del papel?

Se quedó callado un segundo, mirándome la boca, y luego apartó la vista con brusquedad.

—Fue una equivocación —dijo—. Una debilidad mía. No volverá a ocurrir.

Sin esperar ninguna respuesta, dio media vuelta y subió el resto de las escaleras, dejándome abajo, rota y sola, con la certeza de que acababa de cerrarme la puerta en la cara. No entré en su habitación y él no salió de la suya. Esa noche, separados por un pasillo y un abismo que parecía ya imposible de cruzar, entendí que la regla que habíamos roto tenía un precio. Y que yo estaba empezando a pagarlo sola.

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