Los días que siguieron parecieron caminar sobre una cuerda floja. Cada mañana, al despertar, me preguntaba qué versión de Ethan encontraría: el hombre que mantenía las distancias y hablaba solo de negocios y reglas, o el que me miraba como si yo fuera la única cosa real entre tanta riqueza vacía. A veces, durante el desayuno o en el coche, coincidíamos en una mirada y el aire se volvía denso, cargado de cosas que ya no podíamos negar. Otras veces, desaparecía durante horas, encerrado en su estudio o en la oficina, y cuando volvía, traía puesta esa armadura de frialdad que lo hacía parecer intocable. Yo aprendí a leer las señales: la mandíbula apretada, los dedos golpeando suavemente superficies lisas, la forma en que respiraba más lento cuando intentaba contenerse. Eran las fronteras que él mismo dibujaba… y las que ambos seguíamos cruzando sin querer.Una tarde, bajé al salón principal buscando un libro que había dejado allí, y lo encontré de pie frente a la gran chimenea apagada, so
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