Cuando volví de la clínica, las piernas aún temblando por la anestesia de la pérdida, encontré el comedor envuelto en una luz amarilla y turbia. Mi hermana Lucía, su pelo desordenado como si alguien lo hubiera desenvuelto con prisa, tenía las manos apretadas en las caderas de mi cuñada Maritza. Sus labios estaban cerca, demasiado cerca, y el susurro que se escapaba entre ellos era un nombre que no debería haber salido de ahí: “Roberto”. En ese momento, miré hacia la puerta y lo vi: mi tío Rober