Pasé la mañana encerrada, revisando el vídeo de nuevo. Papá hablaba de “un error que se convirtió en una cadena”, pero nunca nombraba nombres. El pendiente de plata seguía en mi bolsillo, frío contra mi piel; lo llevaba conmigo como un amuleto de la duda. Decidí ir a la vieja fábrica familiar, donde papá y Roberto trabajaron juntos durante años —tal vez ahí encontrara más pistas sobre el desvío de dinero.
La fábrica estaba cerrada, llena de polvo y recuerdos. En el despacho de papá, encontré un