Dante se marchó a la oficina con la mandíbula apretada, dejando tras de sí una casa que, aunque más vacía de fantasmas, se sentía cargada de nuevas amenazas. No podía quedarme de brazos cruzados. Si Elias estaba usando mi nombre para hundir a Dante, necesitaba saber por qué.
Aproveché que Dante estaba sumergido en reuniones de emergencia y llamé a Elias. Quedamos en un pequeño café escondido en el barrio de Balat, lejos de las miradas de la alta sociedad.
Elias llegó con su sonrisa habitual, pe