La mañana siguiente a la gala, el aire en la mansión se sentía distinto. El beso en el balcón no había sido una tregua, sino una declaración de guerra contra los fantasmas que habitaban estas paredes. Me desperté con el sonido de muebles siendo arrastrados y pasos apresurados en el pasillo principal.
Cuando bajé, me detuve en seco al pie de la escalera.
Dante estaba allí, en medio del gran salón. Tenía la camisa desabrochada y el rostro marcado por una noche de insomnio. A su alrededor, varios