La mansión Volkov ya no era el templo del silencio que Dante tanto había cuidado. Ahora, el eco de los balbuceos de Viktor Jr. y las risitas de la pequeña Elena llenaban cada rincón. Pero, aunque la casa había cambiado, la intensidad entre Dante y Aria solo se había vuelto más peligrosa.
Era una tarde de sábado. Dante intentaba revisar unos contratos en su despacho, pero su atención estaba totalmente desviada hacia la alfombra, donde Aria jugaba con los gemelos. Llevaba unos leggings ajustados