Los meses siguientes fueron una transformación radical en la mansión Volkov. El despacho de Dante, antes un santuario de frialdad y negocios, se llenó de catálogos de cunas, peluches gigantes y libros sobre cuidados neonatales. Dante ya no era el tiburón de las finanzas que todos temían; o al menos, no en casa. Seguía siendo implacable con el mundo, pero con Aria era un hombre que aprendía a leer sus antojos antes de que ella los mencionara.
Sin embargo, el destino tenía un último desafío para