El espejo me devolvía la imagen de una desconocida. Llevaba un vestido de seda color esmeralda, cortado al bies, que se ajustaba a mis curvas como una segunda piel. El escote en la espalda bajaba hasta la base de la columna, revelando la piel que Valerius había reclamado la noche anterior en la cabaña. Mis labios estaban pintados de un rojo tan oscuro que parecía sangre seca, y mis ojos, enmarcados en sombras profundas, ocultaban el vacío que sentía.
—Estás perfecta —dijo la voz de Valerius des