El silencio en el ático de la ciudad se sentía pesado, casi sólido. Habían pasado setenta y dos horas desde la gala. Setenta y dos horas desde que vi a Valerius ser arrastrado por agentes federales mientras gritaba promesas de muerte que aún resonaban en las paredes de mi mente.
Me serví una copa de vino tinto, el color recordándome inevitablemente a la sangre que se había derramado en las sombras para llegar a este momento. Caminé hacia el ventanal que dominaba el horizonte. La ciudad brillaba