La ciudad estaba bajo una cortina de lluvia gris, pero dentro del hangar privado de Marcos De la Vega, la atmósfera era incandescente. Elena Valdés observaba el helicóptero médico, cuyas aspas cortaban el aire con un zumbido amenazante. A su lado, un equipo de hombres vestidos de negro, exoperativos de fuerzas especiales, revisaban sus armas y equipos de comunicación.
—Es una locura, Elena —dijo Marcos, acercándose a ella mientras se ajustaba el abrigo—. Si esto sale mal, no habrá fianza ni pod