La caída de Julián Montenegro fue el evento más televisado de la década. Las imágenes de él, escoltado por la policía con el rostro cubierto por su propia chaqueta de esmoquin, se repetían en todas las pantallas de la ciudad. Pero mientras el mundo celebraba el fin de un tirano, Elena Valdés se encontraba en el despacho principal de la Mansión Montenegro, el lugar donde alguna vez su padre sirvió el café y donde ella ahora firmaba las órdenes de ejecución financiera.
La oficina olía a cigarro c