Las paredes de la celda de detención preventiva eran de un blanco quirúrgico que mareaba. Elena Valdés permanecía sentada con la espalda recta, las manos esposadas sobre la mesa de metal. No había dormido en cuarenta y ocho horas, pero la noticia que Marcos De la Vega le había susurrado a través de la reja una hora antes le servía de alimento: "La operación de Thiago fue un éxito. Su cuerpo está aceptando las células. Está fuera de peligro".
Esa era su única victoria, y le bastaba para enfrenta