La suite de invitados de la mansión Blackwood era más grande que el apartamento entero donde Elena había criado a los trillizos. Pero entre las sábanas de seda de mil hilos y las molduras de oro, el ambiente se sentía como una celda de lujo.
Maximilian los había dejado allí bajo la supervisión de un mayordomo que parecía más un guardia de seguridad que un sirviente. Elena observaba a sus hijos. Leo, siempre protector, examinaba la habitación buscando cámaras; la pequeña Mía jugaba con el borde